sábado, mayo 14, 2005

Un poco de historia

Un poco de historia nunca viene mal. Porque aquí en esta casa nadie sabe nada, sólo saben hacer conjeturas.
Por ejemplo, ¿por qué aparecí en el alero de los Rossi, sucio de brea, lastimado en carne viva y un ojo colgando?
¿Por qué?
¿De dónde vine? ¿Tenía un hogar antes de llegar aquí? ¿Qué día nací? ¿Siempre estuve en la calle? ¿Quién era mi madre?
Los humanos son muy graciosos y los Rossi no se andan con chiquitas. Son tremendamente curiosos y no paran de hacer todo tipo de conjeturas sobre mi origen. Yo los miro y me lamo la nariz para no reirme pero a veces no puedo evitarlo. Cuando las comisuras de mi boca se me curvan viene mi dueña y me estampa uno de esos besos que a su novio lo volverían loco. ¡Miren!, exclama, ¡Pancho se está riendo! Y, por supuesto, el resto de los Rossi la miran como si se hubiera vuelto loca.
Pero no, yo me río mucho. De verdad.
Ahora vayamos al meollo del asunto.
Aparecí en el alero de los Rossi una tarde muy calurosa de Diciembre. Si mal no recuerdo fue exactamente un 8 de Diciembre, día de la Virgen o algo así. Un día cualquiera para mí pero no para muchos de ustedes que andan armando arbolitos de Navidad y esas cosas.
El alero era increíble, un paraíso. Hacía días que venía cansado, mugriento, había pasado por calles donde habían estado asfaltando y tenía los pies empastados en una masa negra, horrible. Tenía sed y calor. Estaba literalmente en el infierno. Y de pronto, entre tantas verjas cerradas con jardines increíbles, encontré una rejita bajita abierta de par en par.
Parecía un espejismo.
Porque díganme, ustedes, en esta ciudad ¿quién corno deja las verjas abiertas? Pero los Rossi son así. Hacen todas las cosas al revés y esta verja estaba abierta de par en par. Y me metí, claro.
No tardó mucho en abrirse la puerta y salir un chico con un poco de agua. Eso no me sorprendió: la gentileza de este barrio es sorprendente. Nunca me dieron tanto de comer como en esos días donde estuve deambulando por las calles de Olivos. Nunca. Tanto comí que después los Rossi me tuvieron que poner a dieta (orden del veterinario Gustavo, dicen).
Pero volvamos al asunto: el alero era una maravilla. Pastito fresco, un pino que daba sombra y el olor de una hembra collie, una princesa que los Rossi guardaban celosamente tras la ventana de su living y que me miraba con unos ojos marrones muy profundos. Luego no tardé en saber que esa preciosura se llamaba Malena y que, claro está, era la "reina" de la casa.
Pero, en ese momento, poco podía interesarme esta collie: yo estaba en la antesala de la muerte y el alero parecía ser el lugar privilegiado para dejar de existir.
Porque, claro, ustedes no deben entender nada de nada.
Y es que nosotros somos así: vuelteros.
Ya terminaré de contar esta historia.

3 comentarios:

flor dijo...

Panchín, no nos dejes mal parados, che. Ojo con las intimidades que contás...

hans dijo...

mmm...hueso de carne.

Verdi el perro dijo...

pancho no habia leido tus primeros post... asi que tu como Peludo elegiste a tus bipedos cuidadores no?
que bien :)